Desde el Candil de María nos hacemos eco de este Tiempo Pascual, tiempo de Resurrección y de camino hacia la Ascensión de Jesús. María Magdalena como ya hemos vivido en estos días de Octava de Pascua, fue la que tuvo ese Encuentro maravilloso con el Jesús Resucitado. Fue la Mensajera, la que anunció a sus hermanos, “id a galilea”, como le comunicó Jesús.

Esta Newsletter, la queremos dedicar a un Libro precioso: Mujeres de la Resurrección, con el que rememoramos estos viajes de las mujeres que van corriendo de un lado para otro, llenas de Alegría por la presencia de Jesús Resucitado.

…En cada lugar sagrado, Egeria se detenía a orar, entregaba la ofrenda y leía el pasaje de la Biblia correspondiente. Cuando llegó al lugar donde Moisés había dictado el Deuteronomio, escribió:

                “Después de la lectura y de haber hecho otra oración dando gracias a Dios, nos marchamos de aquél lugar. Esa era nuestra forma habitual de obrar: cada vez que lográbamos alcanzar el lugar deseado, hacíamos lo primero, una oración, después leíamos el pasaje correspondiente a la Biblia, luego rezábamos un salmo apropiado y repetíamos después una oración. Nuestra viajera encontraba la realidad de un cristianismo vivo, ya difundido por todas partes, con un gran número de eremitas y monjes…”

…también ahora, en algún santuario, se encuentran todavía personas realmente acogedoras, que saben comprender la fatiga de quien ha emprendido un itinerario y responden pacientemente a la sed de oración. Pero no es una práctica corriente: muchos son los viajes organizados hacia lugares sagrados, cuyo ritmo es tan vertiginoso que no deja espacio para la oración personal; el peregrino contemporáneo, si no se esfuerza por encontrar  una dimensión propia, corre el riesgo de terminar en el torbellino de Marta. La medida de la escucha para quien hospeda es la profundidad del andar para quien se ha puesto en viaje, con características antiguas, pero siempre necesarias.

Otro viaje, el de María Magdalena, y que ya conocemos, pero cada nueva relectura nos amplía el horizonte de su vastitud.

Jesús llama a la discípula; el Evangelio según san Juan pone el nombre en arameo, “Mariam”, como también la respuesta de ella: “rabbuní”. Señal de una confianza profunda, de un encuentro que discurre por los lugares más íntimos y personales, para hacerlos resplandecer de luz. El resucitado nos restituye nuestro nombre transfigurado, fertilizado por el Espíritu de Dios. Si nos volvemos hacia él y aparentemente perdemos nuestra vida (nuestros sepulcros de apegos y miedos), él nos restituirá nuestra vida, nuestros ser plenamente renovado, el que es en verdad.

…a nosotras nos toca volvernos a él como María Magdalena, para escucharlo mientras nos llama por el nombre, entonces nos mostrará su rostro, y nuestra vida no será ya la misma.

Lia Beltrami

“Mujeres de la resurrección, Por los caminos del mundo” (Ed.Paulinas).