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Este es el recuerdo de lo que celebramos en  la noche del Viernes de Pasión de Jesús pero desde la perspectiva del corazón de María. Ella se compadeció de su Hijo moribundo en la Cruz. Ya se lo había anunciado el anciano Simeón cuando fue a presentar al niño en el templo: “Mira, éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida, y a ti una espada te traspasará el alma”. María es llamada mártir en el alma.

Os compartimos un pequeño relato escrito por Jose Luis Martin Descalzo poniéndose en la piel de María y que nos acerca a vislumbrar el Dolor de la Madre de Jesús.

Conocía la noche de la fe, pero nunca creí que fuera tan profunda. Ni una sola ventana con luz, solo creer, esperar, cerrar los ojos, entrar en la cuesta arriba. Sí, ayer, cuando la losa cayó tras de su cuerpo, nada de ángeles, nada de voces del Padre. Sólo la noche y el sonar de los latigazos en los oídios, y las carcajadas, y las blasfemias, y las risas, el golpe final de la piedra cerrándose.

¡Qué lejos ahora Belén  y aun las pequeñas angustias de Nazaret cuando él se alejaba! Entonces, ¿es esto ser una madre? En la noche no hay nada. Solo la noche. Y la certeza de que el sol está al fondo y volverá mañana.

Pero ¿por qué se ha de salvar siempre con sangre? ¿Es que son tan hondos los pecados del hombre que solo pueden borrarse con manos y frente desgarradas? No, no le hubierais reconocido ayer si le hubierais visto subir por la pendiente. Las madres sí; olemos a los hijos desde miles de kilómetros, porque no es verdad que salgan nunca de nosotras. Están fuera, caminan, lloran, triunfa, viven, pero no es verdad; siguen estando dentro. Ayer en el Calvario estaba más en mi seno que en Jerusalén. Clavaban dentro, martilleaban dentro.

Por eso no hubo nadie junto a él. Juan, Magdalena…todos estaban sin estar. Y hasta el Padre se fue y nos dejó solos.

Pero hubo algo más horrible todavía, algo que no logro entender, que acepto a ciegas solo porque él lo hizo. ¿Por qué no me miro? ¿Por qué en los últimos minutos no se volvió hacia mí? Estábamos unidos, sí, pero los dos entramos solitarios en la muerte. Creédmelo: esperé hasta el último minuto su mirada. Y no me la dio. Vi doblarse su cabeza y supe que pensaba en quienes le habían abandonado: el Padre y los hombres. Fue entonces, y no cuando los martillazos, cuando yo di mi vida.”

 


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