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«Diez años después de tomada la ciudad de México se suspendió la guerra y hubo paz entre los pueblos. Sucedió que había un pobre indio, de nombre Juan Diego según se dice, natural de Cuautitlán. Era sábado, muy de madrugada, y venía en pos del culto divino y de sus mandados. Al llegar junto al cerrillo llamado Tepeyácac amanecía y oyó cantar arriba del cerrillo: semejaba canto de varios pájaros preciosos; …Su canto, muy suave y deleitosos, sobrepujaba al del COYOLTOTOTL y del TZINIZCAN y de otros pájaros lindos que cantan.
Se paró Juan Diego a ver y dijo para sí: «¿Por ventura soy digno de lo que oigo? ¿Quizás sueño? ¿Me levanto de dormir? ¿Dónde estoy? ¿Acaso en el paraíso terrenal, que dejaron dicho los viejos, nuestros mayores? ¿Acaso ya en el cielo?» Estaba viendo hacia el oriente, arriba del cerrillo de donde procedía el precioso canto celestial y así que cesó repentinamente y se hizo el silencio, oyó que le llamaban de arriba del cerrillo y le decían: «Juanito, Juan Dieguito».
Luego se atrevió a ir adonde le llamaban; no se sobresaltó un punto; al contrario, muy contento, fue subiendo al cerrillo, a ver de dónde le llamaban. Cuando llegó a la cumbre, vio a una señora, que estaba allí de pie y que le dijo que se acercara…». (Extractos del escrito original Nican Mopohua que relata las apariciones de la Virgen al indio Juan Diego-México)
Le pidió que fuera a decirle al Obispo que le construyera un templo allí. Después de varios intentos de Juan Diego hablando con el Obispo, éste le pidió un signo para asegurarse de que se trataba de un encargo celestial. En una Cuarta aparición cuando Juan Diego iba con mucha prisa por buscar a un sacerdote para su tío que estaba ya para morir por la peste, se volvió a encontrar con la Niña, mi muchachita, como la llama él. Ella le insistió que bajara de nuevo a dar su encargo. Y le dijo que no se preocupara de su tío que ya estaba sanado. Le dijo que subiera a lo alto a cortar unas rosas y que se las llevara, las toco, y le dijo que a nadie mostrara lo que llevaba, y que solo delante del Obispo abriera su Tilma. Al abrir su tilma apareció la imagen de la Virgen de Guadalupe que hoy veneramos en México, en la basílica.