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“Dios recomienza desde Belén, desde un niño. Es un Dios que no se impone, que tiene necesidades. La eternidad se abrevia en el tiempo, el todo en el fragmento. También la realidad de Dios sabe ahora a pan. El Creador no crea ya al hombre con polvo de la tierra, desde el exterior, sino que se hace él mismo polvo plasmado, niño de Belén y carne universal.

“Y el Verbo se hizo carne” (Jn 1, 14), se ha escrito. No sólo se hizo niño, aquel niño; no sólo se hizo hombre, aquél hombre, sino que se hizo carne universal.

María es el santuario de Dios, debe ser considerada como la casa a donde se va. Es lugar de encuentro de dos mendigos: uno de amor, que es Dios; otro también de amor, que es el hombre “…llena de gracia no significa capaz de entender todas las cosas y las palabras, sino más bien la energía que la sostiene en el trabajo ininterrumpido de meditación y acogida, de espera y confianza“.

Y así, “un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado” a través de María para “llegar a Dios amando la humanidad de Jesús, ahora niño en brazos de su madre y más tarde hombre por los caminos”.

“En Ella, el niño del cuerpo del alba en la cuna de la noche, el in-fans que todavía no habla, irradia silencio. Por ahora, la salvación, ya ilumina el rostro de María” (Ermes Ronchi).

…Y Belén que es la patria natal del amor. Dicen que no se puede querer una cosa que no se llega a estrechar entre los brazos. Y ahora el infinito amor se ha hecho digerible, abrazable, abarcable. Se le puede llamar Hijo. Ahora sí que el pequeño amor humano de María toma los límites de la eternidad y, por primera vez y única vez en la historia, «el Amor es amado», sino como él lo merece, si al menos sin metáforas «con todo el corazón, con toda el alma, con toda las fuerzas». Pues no hay un sólo rincón en María que no esté amando (J.L. Martín Descalzo).


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