Prólogo: El Misterio de María

Para acercarse al misterio (acercarse, porque llegar a él es imposible) existen muchos caminos, y no solo (como se suele pensar) el de la inteligencia. Podríamos asegurar incluso que hay algunos más rápidos: aquellos que pasan por el corazón.

Si esto es verdad referido a todo misterio, doblemente lo es cuando se habla del misterio de Jesús y de su madre, María. Aquí sí que puede asegurarse aquello de que el “corazón tiene razones que la inteligencia no conocerá jamás”, que decía Pascal.

En cierta ocasión, hace ya bastantes años, cuando estaba yo en los inicios de mi oficio de escritor, un sacerdote amigo me preguntó qué estaba haciendo. Le respondí que una novela o un libro de poemas (no recuerdo bien). Entonces él, mirándome como un inquisidor, me espetó la vieja frase: “Quid hoc ad aeternitatem?)” (¿Qué es eso para la eternidad?). Pensaba él que hacer arte era una forma de perder el tiempo, que poco o nada tenía que ver con la eternidad.

Y es que para este amigo sacerdote no había más camino hacia lo eterno que el teológico. Según él, el arte era, en el mejor de los casos, un juego, un adorno, una ilustración de lo que la cabeza discurría. Vamos, que era como la guinda que se pone sobre la tarta, pero en ningún caso la tarta misma.

A pesar de tales agoreros, yo me permití pensar desde mi juventud que, para Dios, lo verdadero, lo bello y lo bueno constituyen tres cualidades del Ser, y que por tanto ninguna de ellas debe ser despreciada.

Desde entonces, tal idea ha ido creciendo en mí. Y hoy pienso que, junto al método teológico, hay que colocar el método cordial y el método poético, “porque la poesía ha llegado, por sus caminos, al mismo punto que la teología llegó por vías de reflexión a la luz de la fe” (L.M.Herrán).

Digamos, pues, que sobre Cristo y María se puede hablar “de tres formas distintas con un solo amor verdadero”. Las tres parten de una misma fuente originaria (la Palabra de Dios), pero las tres la desarrollan con estilos diferentes.

El método teológico tiene, forzosamente, que apoyarse en esa Palabra de Dios que nos ha sido entregada en la Biblia, pero luego la explica a la luz de los Padres y Doctores de la Iglesia, y avanza por la especulación racional del teólogo, teniendo siempre en cuenta el Magisterio de la Iglesia.

El método del corazón surge también de la lectura de los evangelios y los desarrolla por las sendas del amor, tratando de imitar a Cristo y a su Madre. Es, a fin de cuentas, el que llega más rápido a su misterio, sobre todo cuando es Él quien toma la palabra y convierte lo devocional en verdadera mística.

Y hay un tercer camino, quizá más humilde, pero no por ello menos útil, que es el método poético. Aquí también se parte de la misma Palabra revelada (si no quiere quedarse en palabrería), pero el poeta y el narrador la investigan con una mayor libertad, en un esfuerzo que conjuga intuición, sensibilidad e imaginación metafórica. ¡Cuántas veces la metáfora feliz de un poeta dice en un solo verso lo que apenas balbucean muchas páginas teológicas!.

Este último es el más próximo al pueblo, al pueblo cristiano. Tanto hablar del “sensusfidei”¿y vamos a despreciar ese “sentido de la fe” que, a menudo, se expresa a través de quienes más arraigados están en el pueblo: los poetas, los narradores, los escritores?.

Esta es la razón por la que al mismo tiempo que escribía con la cabeza y el corazón mi Vida y misterio de Jesús de Nazaret, quise ir componiendo –pero esta vez con la fantasía y la intuición-lo que llamo “mis apócrifos” que quieren ser “la otra vida de Jesús y de María” desde el esfuerzo poético y narrativo.

José Luis Martín Descalzo

“Apócrifo de María”(Ed. Sígueme)